
Queridas hermanas, después de un largo receso retomamos nuestro accionar ya en
este 2021 y quisiera señalar, sobre la base de las experiencias de todo lo vivido en
el 2020, estas palabras que mucho me han servido para seguir adelante: “Siempre
habrán dificultades en la vida, pero también existirá la fuerza de Dios para vencerlas
si acudes a Él cada mañana. No dejes de invocarle”.
Y es que a veces el cansancio del día a día se apodera de nosotros y es cuando
más necesitamos pedir para que no nos falten las fuerzas y continuar.
Seguimos viviendo momentos de incertidumbre y miedo por esta pandemia que
parece no tener fin. A veces creemos que de un momento a otro recibiremos
noticias sobre más contagios, muertes, accidentes, situaciones económicas. Y nos
preguntamos muchas veces a dónde vamos a parar.
Existen tantas personas sufriendo e interrogándose cómo vivir con tantas limitaciones; pero en medio de todo, también, en gran medida, hemos tenido un mayor
acercamiento a Dios, nuestro Padre, que siempre está dispuesto a escucharnos
mediante la oración, buscando siempre cómo poder hablarle y pedirle por nosotros
y por el mundo entero. A veces pensamos que nuestros problemas son los más
grandes y olvidamos no solo al amigo cercano sino también a quienes no conocen
a Jesús.
Este ha sido el momento, al menos es mi experiencia de cada oración, de compartir
cada reflexión del Evangelio con hermanos que nunca han tenido la oportunidad
de escuchar la palabra de Dios. Cuánto bien les hace. Ello debe ser nuestra misión.
Ha sido tiempo también de sentarnos a dar gracias por todo lo que tenemos, por
tantas cosas que a veces no sabemos valorar.
Pido a Jesús que este 2021, con nuestros esfuerzos y solidaridad con los más necesitados, sea un año lleno de paz, salud, alegría y sobre todo lleno de esperanza.
Ha comenzado el esperado 2021, cuánto hemos deseado su llegada. Cuánto hemos rezado para llegar a él con vida, con salud, con la familia, con los amigos, con todos. Y por gracia, hemos podido transitar el impactante año 2020. La inesperada pandemia de la COVID-19, la cual nos fue dada a conocer en el mes de marzo, cambió el rumbo de toda la humanidad, y dentro de ella, cada uno de nosotros. Cuántos partieron sin pensar que serían sus últimos días, su último año, sin poder decirle adiós a sus seres más queridos, aislados, sufriendo física y espiritualmente. Cuántas familias partieron sin ni siquiera tener tiempo de decirse cuánto se amaban. (leer)
En concreto, trato el reclamo de feministas y otros acerca del llamado pro
-choise o derecho de la mujer que se
embaraza a ‘decidir’ si lo tiene o lo
saca. Lo increíble de este reclamo es
que profesionales capacitados lo asumen como si fuera la equiparación
salarial entre hombres y mujeres.
Ahora para edulcorar el asunto lo
llaman “derechos reproductivos”. En
España se discute una ampliación del
aborto a niñas que se embaracen sin
pedir el consentimiento paterno. ¡Le
zumba!
(leer)
Yo era una joven esclava que vivía en
el palacio del Faraón de Egipto. A
causa de las impagables deudas, mis
padres me habían vendido a este rey.
El monarca me regaló a Abraham
cuando este y Sara, su esposa, fueron
a Egipto (Génesis, 12, 10-20) Abraham
me puso al servicio de ella.
Los esclavos no valíamos nada. Sólo
éramos una fuerza de trabajo barata.
Estábamos a merced de los caprichos
de nuestros señores y de sus hijos. Y
más las mujeres que realizábamos
cualquier tarea en la casa, en el campo,
en la cocina o en la cama.(leer artículo)






